Clarke, Arthur C. "Voces de un mundo distante"

25.08.2010 10:59

A Tamara y Cherene

Valerie y Hector
por su amor y lealtad

Clarke, Arthur C / "Voces de un mundo distante"

 

I - THALASSA

1 - La playa de Tarna

Antes que el bote pasara el arrecife, Mirissa advirtió la furia de Brant. La tensión de su cuerpo ante el timón e incluso el hecho de no haberlo dejado en las hábiles manos de Kumar durante el último tramo, mostraban a las claras que algo lo había perturbado.

Abandonó la sombra de las palmeras y bajó lentamente hacia la orilla; sus pies se hundían en la arena húmeda. Kumar ya recogía la vela. Su «hermanito» - cuerpo musculoso y casi tan alto como ella - alzó la mano y sonrió. Cómo deseaba que Brant tuviera el carácter despreocupado de Kumar, que jamás se alteraba por nada.

Antes que el bote llegara a la arena, Brant saltó al agua y chapoteó hacia ella, furioso. Alzó un puñado de chapas retorcidas y cables rotos para que ella lo viera:

- ¡Mira! - exclamó -. ¡Fueron ellos otra vez! - Agitó el puño hacia el norte: - ¡Se acabó, esta vez no se saldrán con la suya! ¡Y me importa un comino lo que diga la alcaldesa!

Mirissa se apartó mientras el pequeño catamarán avanzaba hacia la arena sobre sus tambores fuera de borda, como un primitivo animal marino que se lanza por primera vez a tierra firme. Apenas pasó la línea de marea alta, Kumar apagó el motor y saltó a tierra junto a su furibundo capitán.

- Le he dicho a Brant una y otra vez que debe ser un accidente, tal vez un ancla flotante. No entiendo por qué los norteños habrían de hacer semejante cosa a propósito.

- Te diré por qué - replicó Brant -. Porque son demasiado haraganes para tomarse la molestia de desarrollar la tecnología requerida. Porque temen que atrapemos demasiados peces. Porque...

Al ver la sonrisa burlona del otro le arrojó la maraña de cables retorcidos. Kumar la atrapó hábilmente.

»Y aunque fuera un accidente, no tienen por qué anclar ahí. El lugar está señalado en los mapas: Prohibida la Entrada - Proyecto de Investigación. Voy a presentar una queja.

Brant había recuperado su buen humor; su rabia nunca duraba más de un par de minutos. Mirissa le acarició suavemente la espalda:

- ¿Tuvieron buena pesca? - preguntó en tono apaciguador.

- Claro que no - respondió Kumar -. Sólo le interesan las estadísticas: tantos kilogramos por kilovatios y otras estupideces por el estilo. Suerte que llevé mi caña. Cenaremos atún.

Metió la mano en el bote y sacó un cuerpo de casi un metro de largo, elegante y aerodinámico. Sus colores se desvanecían, sus ojos ciegos habían perdido todo su brillo.

»No es fácil pescar uno de éstos - dijo, orgulloso. Y en ese momento, mientras admiraban la presa, la Historia se abatió sobre Thalassa, y ese mundo sencillo y despreocupado, el único que los jóvenes habían conocido, llegó bruscamente a su fin.

La señal de su muerte estaba escrita en el cielo, como si una mano gigantesca hubiera trazado una raya de tiza sobre la bóveda celeste. Los bordes perdían nitidez, y ya el chorro de vapor parecía un puente de nieve que se extendía de un horizonte al otro.

Un trueno distante bajó de lo alto del cielo. Hacía setecientos años que en Thalassa no se escuchaba un ruido semejante, pero cualquier niño podría reconocerlo.

Mirissa se estremeció, su mano buscó la de Brant. Él entrelazó sus dedos con los de ella pero parecía ausente, su mirada, como perdida, seguía clavada en ese cielo partido por la mitad.

Estaba tan impresionado como los otros:

- Una de las colonias nos descubrió.

Brant meneó la cabeza lentamente, sin convicción:

- ¿Por qué habrían de molestarse? Si tienen los viejos mapas, deben de saber que Thalassa es casi todo océano. No tiene sentido que vengan aquí.

- Tal vez lo hacen por curiosidad científica - sugirió Mirissa -. Querrán saber qué ha sido de nosotros. Yo siempre he dicho que deberíamos restablecer las comunicaciones...

Era una antigua polémica que resurgía cada dos o tres décadas. La mayoría coincidía en que algún día habría que reconstruir la gran antena de la Isla Oriental, destruida cuatro siglos atrás por la erupción del Krakan. Pero - siempre había algo más importante - o interesante - que hacer.

- La construcción de una nave estelar es una obra gigantesca - dijo Brant, pensativo -. No creo que ninguna colonia lo haría, salvo que las circunstancias la obligaran. Igual que en la Tierra...

La frase quedó en suspenso. A pesar de los siglos transcurridos, la evocación de ese nombre despertaba profundas emociones.

Los tres se volvieron hacia el este: la noche ecuatorial avanzaba rápidamente sobre el mar.

Ya habían salido algunas de las estrellas más brillantes, y sobre las palmeras se alzaba la pequeña e inconfundible constelación del Triángulo. Eran tres estrellas de la misma magnitud, pero siglos atrás, un cuarto astro había brillado con mucha mayor intensidad durante algunas semanas, junto al vértice austral de la constelación.

Su superficie, muy encogida, todavía podía verse a través de un telescopio de mediana potencia. Pero ningún instrumento era capaz de mostrar la brasa apagada que giraba a su alrededor, y que alguna vez había sido el planeta Tierra.

2 - La pequeña partícula neutra

Mil años después, un gran historiador pudo calificar al período 1901-2000 como «el siglo durante el cual todo ocurrió». Agregó que la gente de esa época hubiera coincidido con él... pero por otras razones.

Hubieran destacado, con justo orgullo, las hazañas científicas de la época: la conquista del espacio, la liberación de la energía atómica el descubrimiento de los principios fundamentales de la vida, las revoluciones en la electrónica y las comunicaciones, los primeros avances en el terreno de la inteligencia artificial y lo más espectacular de todo, la exploración del sistema solar y el primer descenso en la Luna. Pero el mismo historiador señaló, con la absoluta precisión propia de la mirada retrospectiva, que ni uno de cada mil terrícolas se enteró de un descubrimiento que trascendió a todos los anteriores, casi hasta el punto de volverlos irrisorios.

Al principio parecía un hecho inofensivo y tan alejado de los asuntos humanos como esa placa fotográfica velada del laboratorio de Becquerel que desembocaría cincuenta años más tarde, en la bola de fuego sobre Hiroshima. Más aún, era un subproducto de la misma investigación y sus comienzos fueron igualmente inocuos.

La naturaleza es un contador sumamente estricto, sus libros están siempre balanceados. Por eso los físicos quedaron sumamente perplejos al comprobar que en ciertas reacciones nucleares siempre parecía faltar algo en uno de los términos de la ecuación.

Así como un tenedor de libros se apresura a reponer el dinero que ha sacado de la caja menor para salir bien parado de la auditoria, los físicos se vieron obligados a inventar una partícula nueva. A fin de justificar sus ecuaciones, tuvieron que dotarla de características muy especiales: era una partícula carente de masa y de carga, y tan extraordinariamente penetrante que podía atravesar un muro de plomo de varios miles de millones de kilómetros de espesor sin el menor inconveniente.

Dieron al fantasma el nombre de «neutrino», compuesto de neutrón y bambino. Parecía imposible detectar un ente tan esquivo, pero en 1956, gracias a las maravillas logradas en sus laboratorios, los físicos pudieron atrapar un par de especímenes. Fue asimismo un triunfo para los teóricos, quienes pudieron verificar sus insólitas ecuaciones.

Y aunque el mundo no se enteró, fue el inicio de la cuenta regresiva hacia el día del fin del mundo.

3 - Consejo de aldea

La red de comunicaciones de Tarna nunca era utilizable más que en un noventa y cinco por ciento, pero por otra parte jamás se le exigía en menos de un ochenta y cinco por ciento de su capacidad. Era, como la mayor parte de los equipos de Thalassa, obra de genios que habían muerto siglos atrás, y las fallas catastróficas eran casi imposibles. Por más que fallaran algunos componentes, el sistema seguía funcionando bastante bien hasta que alguien se sentía lo suficientemente exasperado como para efectuar algunas reparaciones.

Los ingenieros lo llamaban «decadencia elegante»; algunos cínicos decían que el término podía aplicarse al modo de vida de los thalassianos.

La computadora central indicaba que la red estaba funcionando en un noventa por ciento de su capacidad, para fastidio de la alcaldesa Waldron. Prácticamente toda la aldea la había llamado en la última media hora. Alrededor de cincuenta adultos y niños se arremolinaban en la sala del concejo, desbordando ampliamente la capacidad del recinto. El quórum para una sesión ordinaria era de doce concejales, y a veces se requerían medidas draconianas para reunir a tan poca gente en un lugar. El resto de los quinientos sesenta habitantes de Tarna preferían seguir los debates - y votar, si el asunto les interesaba lo suficiente - cómodamente instalados en sus hogares.

Había recibido dos llamadas del gobernador provincial, una de la oficina del presidente y una de la agencia noticiosa de la Isla Norte, todas para formular la misma pregunta inútil. La respuesta, lacónica, había sido la misma en todos los casos: sí, por supuesto que los tendremos al tanto... Gracias por su llamada.

A la alcaldesa Waldron le disgustaban las conmociones, y el moderado éxito de su carrera en la política local se debía a su habilidad para evitarías. Lo cual, desde luego, a veces resultaba imposible: su poder de veto no hubiera podido desviar el huracán del año 9, el acontecimiento más destacado en lo que iba del siglo... sin contar lo de ahora.

- ¡Silencio! - exclamó -. Reena, deja de jugar con esas conchas, costó mucho trabajo ordenarlas. Además es hora de ir a la cama. Billy, ¡bájate de la mesa inmediatamente!

El orden se restableció de inmediato: señal de que, por una vez en la vida, a los aldeanos les interesaba escuchar el informe de su alcaldesa. Esta apagó su teléfono portátil, que sonaba con insistencia, y derivó la llamada al centro de comunicaciones.

- La verdad es que sé tanto como ustedes, lo más probable es que no recibamos nuevos informes hasta dentro de algunas horas. Ahora, no cabe duda de que se trata de una nave espacial que reingresó, o mejor ingresó, en nuestra atmósfera en su primera pasada. Tarde o temprano deberá descender sobre una de la Tres Islas, ya que no hay otra tierra firme en Thalassa. Podría tardar varias horas si da una vuelta completa alrededor del planeta.

- ¿Se ha intentado tomar contacto por radio? - preguntó alguien.

- Sí, pero sin éxito hasta el momento.

- ¿No será una imprudencia? - preguntó una voz preocupada.

Se hizo silencio en la sala, interrumpido a los pocos segundos por un gruñido despectivo del concejal Simmons, quien cumplía el papel del tábano sobre el anca del noble caballo:

- Ridículo. Por más que tratáramos de ocultarnos, nos hallarían sin ningún problema. Seguro que ya nos han ubicado.

- Coincido plenamente con el concejal - dijo la alcaldesa, feliz de aprovechar esta inesperada oportunidad -. Cualquier nave colonizadora tendría un mapa de Thalassa, con la ubicación del Primer Descenso aunque tuviera más de mil años.

- ¿Y si fuera una forma de vida extraña? No podemos descartar esa posibilidad.

La alcaldesa suspiró con fastidio; creía que esa tesis se había agotado siglos atrás.

- No existen formas de vida extrañas con la suficiente inteligencia para navegar el espacio - replicó, tajante -. Desde luego que no estamos cien por ciento seguros, pero en la Tierra investigaron esa posibilidad durante miles de años, y contaban con todo tipo de instrumentos.

- Existe otra posibilidad - dijo Mirissa, de pie entre Brant y Kumar en el fondo de la sala. Todos se volvieron para mirarla, Brant con cierto fastidio. Aunque la amaba, a veces deseaba que no estuviera tan bien informada. Su familia dirigía el Archivo desde hacia ya cinco generaciones.

- ¿Sí, querida?

Ahora fue Mirissa quien sintió fastidio aunque lo ocultó. No le gustaba ese tono condescendiente de parte de una persona que no era demasiado inteligente aunque no podía negarle cierta perspicacia, o mejor cabria decir astucia. El hecho de que la alcaldesa Waldron coqueteara con Brant no la molestaba en absoluto; le resultaba divertido e incluso sentía un poco de lástima por la señora mayor.

- Podría ser una nave robot de inseminación como aquella que trajo las pautas genéticas de nuestros antepasados a Thalassa.

- Pero han pasado tantos años...

- Eso no importa. La velocidad de los primeros inseminadores era muy inferior a la de la luz. La Tierra perfeccionó los modelos hasta el momento de su destrucción. Si los últimos modelos fueron diez veces más veloces que los primeros, deben de haberlos alcanzado en un siglo, más o menos. Seguro que hay naves en camino. ¿No te parece, Brant?

Mirissa siempre solicitaba su opinión, en lo posible trataba de hacerle sentir que aportaba las ideas más brillantes. Sabía de sus sentimientos de inferioridad y trataba de no alentarlos.

El hecho de ser la persona más inteligente de Tarna la condenaba a cierta soledad; aunque se comunicaba con otros habitantes de las Tres Islas, no eran muchas las oportunidades que tenía de encontrarse con ellos. A pesar del alto desarrollo alcanzado por las comunicaciones, nada reemplazaba el contacto humano.

- Sí, es una posibilidad - dijo Brant -. Tal vez tengas razón.

Brant Falconer no había estudiado historia, pero como técnico conocía la compleja sucesión de acontecimientos que había desembocado en la colonización de Thalassa.

- ¿Y qué haremos si de verdad es una nave de inseminación que viene a colonizar el planeta por segunda vez? - preguntó -. Podríamos decirles, gracias, pero mejor vuelvan otro día.

Hubo algunas risas nerviosas, seguidas de la voz pensativa del concejal Simmons:

- No será difícil, llegado el caso, saber qué hacer si de verdad es una nave de inseminación. Además, los robots deberían ser lo suficientemente inteligentes como para suspender su programa al comprobar que el planeta ya ha sido colonizado.

- Puede ser; pero también puede ser que se crean capaces de hacerlo mejor. Lo único que sabemos es que, sea una reliquia de la Tierra o un modelo posterior proveniente de alguna de las colonias, sólo puede ser un robot.

En eso todos estaban de acuerdo. El vuelo interestelar tripulado era peligroso, extraordinariamente costoso y además, aunque teóricamente factible, no tenía sentido. Los robots eran muchísimo más baratos e igualmente eficientes.

- Bueno, pero la pregunta es, ¿qué haremos? - dijo uno de los aldeanos.

- Tal vez no sea problema nuestro - replicó la alcaldesa -. Todos dan por sentado que se dirigirá al punto del Primer Descenso, pero ¿por qué tiene que ser así? Isla Norte parece un lugar más probable...

La alcaldesa se equivocaba con frecuencia, pero nunca como en esta ocasión. Esta vez, el ruido sobre Tarna no fue un trueno que bajaba de la ionosfera sino el silbido agudo de un avión al volar muy bajo. Todos se precipitaron hacia la salida; los primeros llegaron justo a tiempo para ver un avión de retropropulsión cuyas alas tapaban momentáneamente las estrellas y cuya trompa apuntaba directamente hacia el sitio venerado, el último punto de contacto con la Tierra.

La alcaldesa Waldron informó brevemente a la Central y se unió a los aldeanos que se arremolinaban frente a la salida.

- Adelántate, Brant. Vete en la cometa.

El ingeniero jefe de mantenimiento de Tarna pestañeó; era la primera vez que recibía una orden directa de la alcaldesa. Parecía levemente desconcertado.

- Un coco cayó sobre el ala hace un par de días y la desgarró. No tuve tiempo de repararla. Además, no está equipada para vuelos nocturnos.

La alcaldesa lo miró con sorna:

- Espero que mi auto funcione - dijo.

- Por supuesto - dijo Brant, ofendido -. Tiene el tanque lleno.

El auto de la alcaldesa se utilizaba muy poco; un caminante podía atravesar Tarna de punta a punta en veinte minutos, y el transporte local de alimentos y maquinaria se efectuaba en triciclos. En sus setenta años de servicio oficial tenía menos de cien mil kilómetros recorridos; de no mediar algún accidente, le quedaba un siglo de vida, por lo menos.

Los habitantes de Thalassa habían probado la mayoría de los vicios, pero el desgaste planificado y el consumismo desenfrenado no se contaban entre ellos. Cuando el vehículo inició su viaje histórico, nadie hubiera dicho que era más viejo que cualquiera de sus pasajeros.

4 - Señal de alarma

Nadie escuchó los primeros tañidos de la campana fúnebre de la Tierra: ni siquiera los científicos que efectuaron el descubrimiento fatal en lo más profundo de una mina de oro abandonada del Estado de Colorado.

Fue un experimento audaz, que hubiera sido inconcebible antes de mediados del Siglo XX. Los científicos habían comprendido que el descubrimiento del neutrino les abría una nueva ventana al universo. Una partícula tan penetrante, capaz de atravesar un planeta con la misma facilidad con la cual un rayo de luz atraviesa el vidrio, les permitiría visualizar el centro de cualquier sol.

Sobre todo el de «el» Sol. Los astrónomos conocían las reacciones que alimentaban el horno solar, fuente original de la vida terrestre. En el núcleo del Sol, el hidrógeno, sometido a tremendas presiones y temperaturas altísimas, se fundía para formar helio, en una serie de reacciones que liberaban enormes cantidades de energía. Y, como subproducto lateral de las mismas, los neutrinos.

Esos neutrinos solares, para los cuales los millones de millones de toneladas de materia solar representaban un obstáculo tan grande como un jirón de humo, se lanzaban hacia la superficie a la velocidad de la luz. Dos segundos más tarde salían a recorrer el universo en todas las direcciones. La mayoría podría seguir su camino hasta la consumación de los siglos sin ser capturado por ninguna estrella o planeta que se cruzara en su camino, puesto que la materia «sólida» no era para ellos sino un fantasma incorpóreo.

Ocho minutos después de abandonar el Sol, una minúscula fracción de la lluvia solar llegaba a la Tierra, y una fracción aún más minúscula era interceptada por los científicos en Colorado. El equipo se encontraba enterrado a más de un kilómetro bajo tierra, a fin de filtrar las radiaciones menos penetrantes y atrapar únicamente a los auténticos mensajeros del centro del Sol. El conteo de los mismos les permitiría estudiar detalladamente las condiciones reinantes en un lugar que, como cualquier filósofo podría demostrar, se encontraba fuera del alcance de la mente y los sentidos humanos.

El experimento fue un éxito: pudieron detectar los neutrinos solares. Sin embargo... eran demasiado escasos. El complejísimo instrumental había detectado un número tres o cuatro veces menor al que indicaba la teoría.

Evidentemente, algo andaba mal, y el Caso de los Neutrinos Ausentes se convirtió en el gran escándalo científico de la década de 1970. Se verificó el instrumental una y otra vez, se examinaron las teorías, se repitió el experimento decenas de veces: en todos los casos se obtuvieron los mismos resultados desconcertantes.

Hacia fines del siglo veinte los astrofísicos se vieron obligados a admitir una inquietante conclusión, aunque en ese momento nadie la desarrolló hasta sus últimas implicaciones.

La teoría estaba bien, lo mismo que el instrumental. El problema estaba en el Sol.

La Unión Astronómica Internacional realizó la primera reunión secreta de su historia en el año 2008, en Aspen, Colorado, cerca de la sede del primer experimento, que a esa altura había sido reproducido por científicos de varios países. Una semana más tarde, el Boletín Especial de la UAI No.55/08 llegó a las manos de todos los gobiernos de la Tierra. Llevaba un título deliberadamente ambiguo. «Notas acerca de ciertas reacciones solares» cualquiera hubiera dicho que el anuncio del Fin del Mundo provocaría cierto pánico. En realidad, la primera reacción fue de silencio estupefacto... seguido de un encogimiento general de hombros y la reanudación de la vida cotidiana normal.

Pocos gobiernos eran capaces de ver más allá de la siguiente elección, pocos individuos mas allá del nacimiento de sus nietos. Además tal vez los astrónomos se habían equivocado...

Por otra parte, si era cierto que la humanidad estaba condenada a muerte, la ejecución de la sentencia se realizaría en un futuro indeterminado. El Sol tardaría por lo menos mil años en explotar ¿quién lloraría la suerte de los seres humanos de cuarenta generaciones más tarde?

5 - Paseo nocturno

Ninguna de las dos lunas había salido, cuando el auto tomó la arteria central de Tarna, con Brant, la alcaldesa Waldron, el concejal Simmons y dos aldeanos prominentes. Brant conducía el auto con la serena habilidad de siempre. Todavía se sentía molesto por el comentario, y el hecho de que la alcaldesa hubiera apoyado un brazo regordete sobre sus hombros desnudos, como al descuido, no mejoraba las cosas.

Pero a los pocos minutos la serena belleza de la noche y el efecto hipnótico de las palmeras al pasar ante los haces de luz de los faros le devolvieron su buen humor. Además, ¿qué importancia tenían las susceptibilidades en semejante momento histórico?

Tardarían diez minutos en llegar al lugar del Primer Descenso, donde se había iniciado su historia. ¿Qué los aguardaría allá? Lo único que se sabía con certeza era que el visitante había apuntado directamente hacia el radiofaro de la antigua nave de inseminación. que aún funcionaba. Puesto que sabía dónde buscarlo, sólo podía provenir de alguna colonia humana del mismo sector del espacio.

Bruscamente lo asaltó un pensamiento desagradable:

Cualquiera - cualquier cosa - podía detectar el radiofaro, esa señal inconfundible de la presencia de seres inteligentes que se difundía a todo el universo. Brant recordó que algunos años atrás alguien había propuesto su desconexión, con el argumento de que no servía a ningún fin útil y, por el contrario, podría resultar perjudicial. La propuesta había sido derrotada por escaso margen de votos y por razones más sentimentales que lógicas. Tal vez había llegado el momento de lamentar esa decisión, pero ya era tarde.

El concejal Simmons se inclinó sobre el respaldo del asiento para hablar con la alcaldesa.

- Helga - dijo (era la primera vez que llamaba a la alcaldesa por su nombre de pila en presencia de Brant) -, ¿crees que podremos comunicarnos? Los lenguajes robóticos cambian con mucha rapidez.

La alcaldesa Waldron era muy hábil en el arte de ocultar su ignorancia:

- Ese es el problema que menos me preocupa; esperemos a ver qué pasa. Brant, disminuye la velocidad si eres tan amable. Me gustaría llegar con vida.

Aunque conocía el camino y la velocidad no era excesiva, Brant se apresuró a complacerla y la redujo a cuarenta kilómetros por hora. Se preguntó si la alcaldesa no buscaba una excusa para postergar el gran momento. Sobre sus hombros recaía la abrumadora responsabilidad de recibir la segunda nave que llegaba al planeta proveniente de otro mundo. Los ojos de Thalassa estaban fijos en ella...

- ¡Krakan! - maldijo uno de los pasajeros -. ¿Alguien se acordó de traer una cámara?

- Demasiado tarde - respondió el concejal Simmons -. Pero no se preocupe, ya habrá tiempo para tomar fotos. Me parece difícil que hayan venido hasta aquí sólo para decir «Hola».

Habla un matiz histérico en su voz, que a Brant le resultó perfectamente comprensible. ¿Quién podía prever qué los aguardaba más allá de la cresta de la loma siguiente?

- Si, señor presidente, le informaré apenas tenga alguna novedad.

La alcaldesa Waldron hablaba por el transmisor del auto. Perdido en sus ensueños, Brant no había escuchado el comienzo de la conversación. Por primera vez en su vida lamentaba no haber estudiado un poco más de historia.

Conocía los hechos fundamentales, que formaban parte del programa escolar de Thalassa. Sabía que, con la marcha implacable de los siglos, los pronósticos de los astrónomos se volvían más y más precisos. En el año 3600 con un error de más o menos setenta y cinco años, el sol se convertiría en una nova. No sería de las más espectaculares, pero bastaría...

Un filósofo antiguo había dicho que nada serena más al hombre que el hecho de saber que será ejecutado al amanecer. Es lo que le ocurrió a la raza humana en los últimos años del cuarto milenio. Si hubo un momento en que la humanidad asumió la verdad, resignada y resueltamente, fue en esa medianoche de diciembre cuando se pasó del año 2999 al 3000. Quienes asistieron a la aparición del primer «tres» no podían olvidar que la Tierra jamás llegaría al «cuatro».

Con todo, faltaba más de medio milenio; treinta generaciones vivirían y morirían en la Tierra, igual que sus antepasados. A ellas les correspondería conservar la sabiduría de la raza, las grandes creaciones del arte humano.

En el alba de la era espacial las primeras sondas no tripuladas habían salido del sistema solar provistas de grabaciones musicales y mensajes orales y pictóricos, ante la eventualidad de que fueran halladas por otros exploradores del cosmos. Y aunque no se habían detectado señales de civilizaciones extrañas en la propia galaxia, todos, hasta los más incrédulos, estaban convencidos de la existencia de seres inteligentes en alguno de los miles de millones de universos que se extendían más allá del alcance del telescopio más potente.

Durante siglos se trasmitieron terabytes de sabiduría y cultura humana hacia la nebulosa de Andrómeda y sus vecinas más lejanas. Desde luego, no había manera de saber si alguna civilización recibiría las señales y si, en ese caso, sería capaz de interpretarlas. Pero la mayoría de los hombres compartían la motivación, el anhelo de dejar un mensaje póstumo, una señal que dijera: «¡Mirad, yo también he vívido!».

Para el año 3000 los astrónomos estaban convencidos de que los gigantescos telescopios orbitales habían detectado a todos los sistemas planetarios en un radio de quinientos años luz a la redonda del Sol. Habían descubierto decenas de planetas y trazado toscos mapas de los más cercanos. En algunas atmósferas se había detectado altos niveles de oxígeno, señal inconfundible de vida. Existía la razonable esperanza de que los hombres podrían sobrevivir en esos planetas... siempre y cuando llegaran a ellos.

Los hombres, no; el Hombre sí.

Las primeras naves de inseminación eran artefactos primitivos, aunque construidos con la tecnología más avanzada de la época. Los sistemas de propulsión existentes en el 2500 les permitirían alcanzar el sistema planetario más cercano en doscientos años, con su valiosa carga de embriones congelados.

Pero ésa era la menos problemática de sus tareas. También debían transportar los equipos automáticos necesarios para revivir y criar a esos seres humanos en potencia y enseñarles a sobrevivir en un medio desconocido y probablemente hostil. Sería inútil - más aún, cruel - desembarcar niños ignorantes y desnudos en mundos tan inhóspitos como el Sahara o la Antártida. Había que educarlos, darles herramientas, enseñarles a buscar y utilizar las materias primas locales. Efectuado el descenso, la nave inseminadora se convertiría en una nave madre que criaría a su prole durante varias generaciones.

Ello requería el transporte de un biosistema completo, con plantas (aunque no había manera de saber si habría tierra donde sembrarlas), animales de labranza y una enorme variedad de insectos y microorganismos esenciales, por si fallaban los sistemas de producción de alimentos y se hacía necesario recurrir a técnicas primitivas de agricultura.

El hecho de comenzar de nuevo presentaba una ventaja. Las enfermedades y los parásitos que aquejaban a la humanidad desde el comienzo de los tiempos quedarían atrás, morirían en el fuego purificador de Nova Solis.

Había que diseñar y construir bancos de datos, «sistemas expertos» capaces de enfrentar cualquier situación, robots y máquinas de reparación y mantenimiento. Estos aparatos deberían funcionar durante un lapso tan prolongado como el que transcurrió entre la Declaración de Independencia y el primer alunizaje.

Era una tarea gigantesca, pero la motivación era tan poderosa que la humanidad en su conjunto se unió para llevarla a cabo. Ese objetivo a largo plazo, el ultimo objetivo a largo plazo, daba un sentido a la vida aún después de la destrucción de la Tierra.

La primera nave inseminadora salió del sistema solar en el 2553, rumbo a la estrella cuasi gemela del Sol, Alfa del Centauro A. El planeta Pasadena, similar a la Tierra en tamaño, estaba sujeto a temperaturas extremas debido a la proximidad del Centauro B, pero el siguiente planeta que ofrecía condiciones similares se hallaba a más del doble de distancia. El viaje del Sirio X insumiría más de cuatrocientos años; la primera nave inseminadora llegaría a destino después de la destrucción de la Tierra.

Pero si la colonización de Pasadena se cumplía con éxito, la noticia llegaría a la Tierra con tiempo de sobra. Doscientos años de viaje, más cincuenta años para establecerse y construir un transmisor, más los cuatro años que tardaría la señal en volver a la Tierra: con suerte, los humanos saldrían a las calles a festejar el acontecimiento para el año 2800...

Sucedió en el 2786: Pasadena había superado las expectativas. La noticia dio nuevos bríos al programa de inseminación. Para entonces, más de veinte naves surcaban el espacio y la tecnología mejoraba sin cesar. Los últimos modelos alcanzaban al vigésimo de la velocidad de la luz y estaban en condiciones de llegar a más de cincuenta planetas.

El radiofaro de Pasadena envió la noticia del descenso inicial y se apagó, pero el desaliento provocado por este hecho fue pasajero. La experiencia podría repetirse una y otra vez, con crecientes probabilidades de éxito.

Alrededor del 2700 se descartó la técnica primitiva de los embriones congelados. El mensaje genético cifrado por la naturaleza en la estructura helicoidal de la molécula de DNA podía almacenarse con mayor facilidad y seguridad y en menor espacio en las memorias de las sofisticadísimas computadoras: así, una nave inseminadora no mayor que un avión de mil pasajeros podía transportar un millón de genotipos. Una nación entera de seres humanos nonatos, además de todo el equipo necesario para crear una nueva civilización, viajaría a las estrellas en un receptáculo de algunos cientos de metros cúbicos.

Así se había colonizado a Thalassa setecientos años atrás, como Brant bien sabía. Al ascender a las primeras estribaciones de las colinas el camino pasaba junto a las antiguas señales que habían dejado los robots al excavar la tierra en busca de las materias primas con las cuales habían creado a sus antepasados. Estaban a punto de pasar frente a las plantas procesadoras abandonadas tiempo atrás, y...

- ¿Qué es eso? - susurró el concejal Simmons.

- ¡Alto! - ordeno la alcaldesa -. Apaga el motor, Brant.

Tomó el micrófono.

- Habla la alcaldesa Waldron. Nos encontramos frente al mojón del kilómetro siete. Vemos una luz entre los árboles... parece venir del punto exacto del Primer Descenso. No hay ruidos. Avanzamos hacia allá.

Brant acelero suavemente sin aguardar la orden. Nunca había vivido un momento tan emocionante. Salvo, claro el huracán del año 9. Eso había sido mas que emocionante, había estado a punto de perder la vida. Tal vez en este momento corrían peligro, pero se resistía a creerlo. No podía esperarse una actitud hostil de parte de un robot. Y un ser de otro mundo no podría sacar de Thalassa nada que no fuera conocimientos y amistad...

- Pude ver al aparato cuando descendía al otro lado de los árboles - dijo el concejal Simmons -. Estoy seguro de que es un avión. Las naves inseminadoras no tenían alas ni forma aerodinámica. Y además era muy pequeño.

- Sea lo que fuere, lo veremos en cinco minutos - dijo Brant -. Vean esa luz. Parece que aterrizó en el Parque de la Tierra. Claro, no podía ser de otra manera. Podríamos detener el auto aquí y seguir el resto del camino a pie.

El Parque de la Tierra, un prado de hierba bien cuidada al este del Primer Descenso, era invisible desde el auto, oculto por la columna negra y alta de la Nave Madre, el monumento más antiguo y venerado del planeta. Un haz de luz, que aparentemente provenía de una sola fuente, iluminaba los bordes del gran cilindro metálico, todavía reluciente a pesar de los años transcurridos.

- Para el auto antes de llegar a la Nave - ordenó la alcaldesa -. Bajaremos a echar una mirada desde allá. Y apaga los faros, quiero verlos antes de que nos vean ellos.

- ¿Ellos o ésos? - dijo uno de los pasajeros, al borde de la histeria.

Nadie le prestó atención.

Brant llevó el auto hasta ubicarlo a la sombra de la gran nave y antes de detenerlo efectuó un giro de ciento ochenta grados:

- Así podremos escapar si hace falta - dijo, medio en serio, medio en broma; aún no creía que hubiera peligro. Más aún, se preguntaba si de verdad estaba despierto o si todo el asunto no era más que un sueño vívido...

Bajaron del auto, se acercaron a la nave y la rodearon hasta llegar al brillante muro luminoso. Brant alzó una mano para proteger sus ojos del resplandor y se asomó.

El concejal Simmons tenía razón: era una nave aérea, o aeroespacial, muy pequeña. Tal vez los norteños... no, imposible. No tendría objeto construir semejante vehículo, dadas las pequeñas dimensiones de las Tres Islas, y además no habría manera de mantenerlo en secreto. Tenía la forma de una flecha trunca y había descendido verticalmente puesto que no había señales de carreteo sobre la hierba. La luz provenía de una estructura aerodinámica dorsal, que también tenia un faro rojo intermitente. Y todos advirtieron con alivio y algo de desilusión que se trataba de un aparato común y corriente. Era inconcebible que semejante máquina hubiera efectuado la travesía desde la colonia mas cercana a doce años luz de distancia.

Bruscamente se apagó la luz. sumiendo al pequeño grupo de observadores en la oscuridad. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, Brant vio una hilera de ventanas cerca de la trompa de la maquina iluminadas desde adentro. Pero... ¡parecía una nave tripulada, no una sonda robot como habían pensado!

La alcaldesa Waldron acababa de llegar a la misma, asombrosa conclusión.

- Eso no es un robot ¡hay gente allí adentro! Ilumíname con tu linterna, Brant, para que nos vean.

- Pero Helga - protestó el concejal Simmons.

- No seas tonto, Charlie. Vamos, Brant, ilumíname.

¿Qué era lo que había dicho el primer hombre que descendió sobre la Luna, casi dos milenios atrás? «Un pequeño paso...». Habían avanzado unos veinte cuando se abrió una puerta en el costado del vehículo, una rampa se desplegó hacia afuera y dos humanoides bajaron a su encuentro.

Eso fue lo que pensó Brant a primera vista. Bruscamente se dio cuenta de que lo había engañado el color de su piel, vista a través de la película flexible - trasparente que los cubría de pies a cabeza.

No eran humanoides sino... ¡seres humanos!. Bastaría protegerse del sol para quedar tan pálido como ellos.

La alcaldesa alzó las manos en el tradicional gesto, tan antiguo como el hombre, que decía «estamos desarmados».

- No sé si pueden entenderme - dijo -. Bienvenidos a Thalassa.

Los forasteros sonrieron y el mayor - un hombre apuesto y canoso de sesenta y tantos años - alzó las manos a su vez.

- Al contrario - dijo, y Brant pensó que jamás había escuchado una voz tan grave y hermosa -. Los entendemos perfectamente. Encantados de conocerlos.

Por un instante el comité de recepción los miró en silencio estupefacto. Pero no hay de qué sorprenderse, pensó Brant, si comprendemos el habla de dos mil años atrás sin la menor dificultad. A partir del invento de los aparatos de grabación del sonido, las pautas fonémicas de los idiomas quedaron fijas para siempre. Se ampliaban los vocabularios, cambiaban la gramática y la sintaxis, pero la pronunciación no sufría modificaciones.

La alcaldesa Waldron fue la primera en recuperar el habla:

- Bien, eso facilita las cosas - dijo sin mucha convicción - ¿De dónde vienen? Perdimos contacto con nuestros... digamos, vecinos cuando se destruyó nuestra antena espacial.

El hombre mayor miró a su compañero, hombre más alto que él, y ambos intercambiaron mensajes con la mirada. Luego se volvió hacia la alcaldesa.

Y cuando formuló su inconcebible afirmación, su hermosa voz estaba embargada por la tristeza:

- Tal vez les cueste creerlo - dijo -, pero no venimos de una colonia sino directamente desde la Tierra.

 

II - MAGALLANES

6 - Descenso

Antes de abrir los ojos, Loren ya sabía perfectamente dónde se hallaba. Cosa que no dejó de sorprenderle, teniendo en cuenta que acababa de despertar de un sueño de doscientos años. Lo más lógico hubiera sido sentir alguna confusión, pero recordaba su última anotación en el libro de bitácora como si hubiera sido ayer. Y aparentemente no había soñado una sola vez, cosa que agradecía profundamente.

Con los ojos cerrados se concentró en los demás canales sensoriales, uno por uno: un reconfortante murmullo de voces suaves; el permanente siseo del sistema de filtración de aire; una corriente de aire casi imperceptible que llevaba un agradable olor a antiséptico a su nariz.

Faltaba una sensación, la del peso. Alzó su brazo derecho, que quedó flotando en el aire a la espera de la orden siguiente.

- Hola, señor Lorenson - dijo una voz autoritaria y alegre a la vez -. Por fin se digna reunirse con nosotros. ¿Cómo se siente?

Loren abrió los ojos y trató de fijarlos en la silueta borrosa que flotaba junto a su cama.

- Hola... doctora. Me siento bien, gracias. Y tengo hambre.

- Buena señal. Puede vestirse. Por ahora evite los movimientos bruscos. Más tarde podrá decidir si se dejará la barba o no.

Loren llevó su mano ingrávida hacia su mentón; comprobó con sorpresa cuánto había crecido su barba. Al igual que la mayoría de los hombres, había rechazado la opción de la depilación permanente (tema al que los psicólogos habían dedicado ríos de tinta). Tal vez sería conveniente hacerlo. Qué divertido, pensó, que la mente se concentrara en semejantes trivialidades en un momento como éste.

- ¿Llegamos bien?

- Por supuesto. Si no, no estaría despierto. Los planes se han cumplido al pie de la letra. La nave empezó a despertarnos hace un mes, nos encontramos en órbita alrededor de Thalassa. Los equipos de mantenimiento acaban de verificar los sistemas; ahora le toca a usted. Le aguarda una sorpresa.

- Agradable, espero.

- Eso esperamos todos. El capitán Bey presentará un informe dentro de dos horas en el salón de reuniones. Puede seguir las discusiones desde aquí, si lo prefiere.

- Iré a la asamblea, quiero conocer a los demás. Pero antes quisiera desayunar. Después de tanto tiempo...

El capitán Sirdar Bey parecía cansado pero feliz al dar la bienvenida a los quince hombres y mujeres que acababan de despertar y al presentarlos a los treinta integrantes de las tripulaciones A y B. De acuerdo al Reglamento de a Bordo la tripulación C debía estar durmiendo, pero algunas siluetas furtivas trataban de pasar inadvertidas en el fondo del salón.

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