Recordaba... Clara Isaurralde. (2º ESO) Marzo 2007

Hola Tom… Bueno, ya sabes quién soy. Estarás cansado de oír mi voz
constantemente en tu contestador… Yo también estoy cansada de hablar a
través de un aparato, aunque más todavía de no obtener respuesta… Pero es
que te echo de menos y no puedo evitarlo. Desde aquella noche no te he
vuelto a ver y… puede que éste sea uno de mis últimos mensajes ya que me voy
de aquí y no voy a volver. Tan sólo te pido una llamada de respuesta que me
confirme que todo te va bien. Llámame, por favor. –El esperado pitido llegó
indicando el final del mensaje.
- Vaya, ¡la has calado hondo colega! ¿Qué le hiciste para que se quedara
así?- preguntó Danny con ojos de admiración después de haber escuchado el
mensaje.
- Nada, sólo me divertí un poco… -respondió Tom incómodo.
- Pues por lo que he escuchado, ella también se divirtió bastante –rió Danny
buscando complicidad en los ojos de su amigo. Pero este frunció el ceño y le
dirigió una mirada cruel- Oye tío, ¿qué diablos te pasa? Desapareces una
semana sin avisar a nadie, y cuando vuelves el único dato que tenemos de tu
escapada son decenas de mensajes en tu contestador. Si a todo esto le
sumamos la sustitución de chistes por miradas perforadoras… puedo llegar a
entender que escondes algo importante.
- ¡Wow! ¿Y lo has descubierto tú sólo o te han ayudado tus vídeos de las
aventuras del inspector Gadget?
- Vamos Tom, soy tu amigo…
- Lo sé.
- ¿Entonces? Venga explícamelo, ya llevas dos meses así y…
- ¡Es que no hay nada que explicar!
- Está bien. Como tú quieras. –dijo Danny mientras se ponía su chaqueta-
Pero no pretendas que luego todo el mundo confíe en ti. Buenas noches Tom
–terminó cerrando la puerta y dejando a su amigo sólo en el sofá de aquel
vacío piso.


Tom dirigió una mirada triste a la puerta y después observó la pantalla de
la tele, apagada, totalmente oscura, hasta que se perdió en ella. Pensaba,
pensaba y pensaba, de hecho, eso era la único que había hecho durante el
último
par de meses… pensar; aunque, sobre todo, recordar… recordarla.


Recordaba cada instante con ella, desde el primer día al último. Cada
mirada, desde la primera tímida y cansada a la última, derrochadora de
ilusión. Desde que la invitó a una copa hasta que la dejó, profundamente
dormida entre un mar de sábanas blancas, sin decir adiós. Había sido un
imbécil, sí… pero es que aquella chica tenía problemas, demasiados. Siendo
así que cuando estaban juntos él se sentía como si ella le diera todo lo que
tenía, como si viviese para él… por él. Y eso a Tom lo agobiaba, lo
aterraba. Y aunque todo aquello se contrarrestaba cuando estaba a su lado y
sentía esas mariposas revolotear en su estómago… la había abandonado.


Tuvo que salir de su ensimismamiento en cuanto, tras el amenazador sonido de
su voz indicando que podía dejar su mensaje, la escuchó de nuevo. Hablaba
con dificultad y era evidente que estaba llorando, ya que eran más notables
sus sollozos que lo que intentaba decir. No entendía nada de lo que decía.
Estaba desesperada, destrozada, su voz sonaba más suplicante que nunca y Tom
empezaba a sentirse como un monstruo. Le hizo falta escuchar la palabra
clave que provocó que él cogiera el teléfono como si de ello dependiese su
vida, “sálvame”:


- … - y se condenó a sí mismo por no saber qué decir.
- ¡¿Tom?! Por favor si estás ahí contéstame… ¡Eres lo último que me queda!
He sufrido demasiado tiempo y… si no tengo ningún apoyo siento que voy a
caer… – Tom no sabía que decir, ella lloraba desconsolada y parecía sentir
que lo hubiese echado todo a perder.


Él dejó el teléfono, descolgado, sin siquiera decirle que lo esperase, que
estaba en camino de ir… a salvarla. Iba a ir a buscarla y todo se
arreglaría. Volverían a irse de viaje, juntos. Ella afrontaría sus problemas
y él la ayudaría a hacerlo, estaría a su lado, serían felices. Salió
corriendo a la fría calle del mes de Febrero. No llevaba chaqueta, pero su
empeño en reencontrarse con ella hizo que no sintiera ni un solo escalofrío.
Corrió, mucho, hasta que sus pulmones parecieron a punto de explotar y tuvo
que llamar a un taxi. Dio su dirección entre jadeos e ignoró al taxista
cuando le preguntó si estaba bien. Lo estaría, en cuanto la volviese a ver.
Parecía que el mundo se hubiese vuelto en su contra, que el tiempo se
ralentizara y todos los semáforos se rieran de él tornándose de un burlón
color rojo brillante. No lo podía soportar… Bajó del coche dejando al
taxista reclamándole sus derechos y corrió de nuevo las pocas calles que le
faltaban para verla.


Cuando llegó a su puerta le sorprendió encontrarla abierta, pero no paró a
buscar explicaciones. Entró y gritó su nombre, la llamó, pero no obtuvo
respuesta. Subió las escaleras apresuradamente, con el corazón en la
garganta y el estómago hecho un nudo. Se vio delante de la puerta de su
habitación, y cuando fue abrirla se encontró con que estaba cerrada. El
corazón le latía con tanta fuerza que creía que iba a desfallecer allí
mismo, ante su puerta, a dos pasos de verla. Aporreó contra ella, se dejó
todas sus fuerzas, lloró. Y cuando por fin consiguió echarla abajo… sintió
morir todas las mariposas a la vez ante aquella imagen. Su cerebro se
colapsó, se le nubló la vista y sus piernas se convirtieron en gelatina
dejándolo caer, inconsciente, ante el amor que nunca más volvería a
saborear.

. Clara Isaurralde. (2º ESO)

Marzo 2007 

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