Miguel cabeza. Mi sombra

27.04.2016 09:21

Mi sombra

10.07.2010 20:19

 

 /*A Norma Aristeguy/

Me sorprende la viveza con la que puedo revivir aquellos momentos. La noche, el temporal, los vómitos de los pasajeros del salón de butacas. Casi puedo sentir en la palma de la mano la frialdad del pomo de la  doble puerta exterior al salir dando tumbos a cubierta. El momento de levantar el pie izquierdo para no tropezar con el marco ligeramente elevado y el golpe sorpresivo de frío intenso. Las ráfagas de aire arañando mar y estrellas sobre mis pómulos helados. La humedad salitre del castigado barniz de las barandillas de seguridad mientras intento subir la escalera de la sobrecubierta del capitán. Tengo miedo, aunque ya son muchas las travesías que llevo sobre mis jóvenes espaldas de estudiante en Barcelona.


Sé, por anteriores experiencias,  que lo mejor para tranquilizarme en las noches alborotadas es subir a la cubierta superior, sobre la sala de mandos. Allí, curiosamente, es donde mi corazón se pacifica. Donde me despreocupo de los estallidos blancos que remontan la proa. Me sorprende siempre la eficacia del remedio. Como la inquietud se convierte en serenidad. Solo, bajo la inmensidad, danzando sobre las profundidades abisales, asido al metálico pelaje del diminuto corcel que cabriola sobre las olas desbocadas… Y tanto trayecto por delante… Tan sólo llevamos dos horas de viaje y las lucecitas de la costa mallorquina todavía marcan la difusa lejanía del horizonte isleño…


No sé cuánto tiempo permanecí en aquel lugar, embriagándome del espectáculo. Pero cuando decidí volver al interior, me llamó la atención una sombra cercana que, como yo, parecía absorta en la contemplación de la tempestad. Recuerdo sentir cierta sorpresa por no haberme dado cuenta de su llegada. Sin darle más vueltas, bajé decidido a dormir algo y, aunque no fue fácil, finalmente lo conseguí.


Al amanecer, me desperté con los avisos internos  de la próxima llegada a puerto. Casi tan intensos como el olor a pies de alguno de mis compañeros de camarote. Rápidamente salté de la litera, di los buenos días, agarré mi petate milico con su desafiante banderita republicana cosido sobre su lomo textil y, tras difundirme cuatro gotas ansiosas por la cara, salí pitando a ver si alcanzaba a tiempo de un cafecillo. Lo soportaba todo menos no desayunar. Bueno, cuando no se alcanzan los veinte años se hace difícil que algo te tumbe.


Recuerdo que fue en ese momento cuando, recorriendo los pasillos aceleradamente y ya a la vista del puerto de Barcelona, me asaltaron: la sorpresa por lo mucho que había mejorado el tiempo, la sensación de descanso a pesar de la noche de perros y la seguridad de haber tenido alguna pesadilla relacionada con la sombra que me había encontrado en la sobrecubierta la noche anterior. No conseguí recordar las pinceladas temáticas del turbio sueño, pero supe que esa sombra tenía que ver conmigo, con mi vida. Con el café a la vista aparté los intentos de mejorar el recuerdo y me concentré en cómo iba a llegar a Sarrià, lugar donde se ubicaba mi residencia de estudiantes, puesto que me quería ahorrar el pequeño tesoro que suponía recurrir a un taxi.
 
En cuanto llegué a la residencia, me dirigí a la 428, mi habitación. Saludé a la señora Pepa, que andaba fregoteando los pasillos –qué buen rollo de mujer-, y, desembarazado del petate, me fui directo al bar, donde don Luis me sirvió el segundo cafecito.


Siempre me atraía el ambiente de la mañana en el interior de la residencia; la soledad de los pasillos, la ausencia de estudiantes en el bar… Los del turno matinal ya estaban en clase y los de tarde dormían tras una noche de estudio, conversación o juerga.  


Existe un detalle que quiero resaltar ahora, la fecha. Sí, la fecha. Puedo recordar perfectamente el día que era, el trece de febrero. No hay duda posible, pues me viene a la cabeza aquello del “espíritu del doce de febrero” con que titulaban algunas portadas de periódicos. En el Diario de Barcelona, el primero que leí, apoyaban los titulares con el careto de ratita triste de Arias Navarro. Qué locura, los sucesores del régimen intentaban que la democracia española futura se limitase a la creación de "asociaciones políticas". Bien, volviendo, significa que si Franco murió el veinte de noviembre de 1975, por fuerza, la fecha en que me encontré por primera vez con la sombra fue justamente la madrugada del trece de febrero de 1976. Seguramente el dato en sí es irrelevante. O al menos yo no le doy más importancia. Sin embargo sí me sirve para recordar cuánto tiempo exactamente ha pasado desde que descubrí la realidad más trascendente de mi vida.


Aquella primera noche, pasado un día de reencuentros con amigos y rutinas, me acosté temprano. Bueno, temprano en aquella época era la medianoche. Estaba cansado y creí que en momentos me quedaría roque. Sin embargo no fue así. La cabeza me daba vueltas y permanecí en agitada duermevela durante larguísimas horas. Al día siguiente no le di relevancia al hecho pues pensé que sería consecuencia de la alteración que me había provocado la tempestad. Pero sí empecé a preocuparme al cabo de unos días ya que lejos de cesar la alteración nocturna, parecía ir a más. Durante las larguísimas horas en que luchaba por conciliar el sueño, volvían aparecérseme las olas rompiendo la proa y… la sombra. Una sombra que cada vez sentía más familiar y más cercana. Olía a mí. En mis estados alterados yo intentaba preguntarle quien era, mirarle a los ojos… Pero las escenas se columpiaban primero y luego se deshacían… para volver al cabo de algunos momentos como un péndulo fatalmente incontrolable.


Pasadas algunas semanas mi salud se deterioraba. Me sentía débil e inquieto. Mis amigos estudiantes de medicina me decían que dejase de tomar anfetaminas para estudiar y que no se me ocurriese mezclarlas con alcohol. Pero yo les aseguraba que ya hacía semanas que había dejado de tomar una u otra cosa. Finalmente consulté a mi hermano y decidimos visitar a un especialista. Él, tres años mayor que yo y también residente, me acompañó.


Le pregunté mientras caminábamos por la Diagonal por qué las sombras tenían diferente color según se tratara de sus difusos límites izquierdos o derechos. Me miró con cara sorprendida. Qué de qué le hablaba, me contestó con cara preocupada. Y la sorpresa fue mía pues yo siempre recordaba haber visualizado mi sombra de ese modo. También me pasaba con la Luna o con las personas cuando entornaba los ojos hacia la distancia. Pero preferí cambiar de tema y volcar mis dudas en el especialista. Seguimos caminando y hablando de banalidades mientras entre las rendijas de la conversación me asaltaban imágenes de mis juegos infantiles, cuando con mis amiguitos intentábamos pisar la cabeza de la sombra del otro. Sí, para mí las sombras siempre habían tenido dos lados, el violeta y el marrón… ¡Y me había gustado tanto jugar a pisarlas!
 
El especialista no me tranquilizó. Me lo podía haber ahorrado. Me dijo exactamente lo mismo que mis amigos, que tenía todo el perfil de una intoxicación. Que no se me ocurriese tomar más anfetaminas y, que en todo caso, si lo hacía puntualmente, cambiase las dexhidrinas por las centraminas. También me preguntó cuánto alcohol tomaba al día y si fumaba “algo”. Le contesté que no fumaba “nada” pero sí le reconocí beber habitualmente unas cuatro cervezas al día, una media botella de tinto y algunos “gin-tonics… Además de las famosas pastillitas… Momento en que casi me saca de la consulta… recordándome además las graves consecuencias legales que podían suponerme la falsificación de recetas.
“Joder ¿realmente tomas tanto?, sólo tienes diecinueve años”, me reprochó mi hermano en el camino de vuelta. Me quedé sorprendido, yo mismo no me había detenido a pensarlo, muchos de mis compañeros me superaban ampliamente… Él mismo, no se me quedaba muy atrás.

Añadió responsable y cabizbajo “deberían controlar más los talonarios de bar que pasan a las familias… Si papá se enterase, esto no pasaría. Se cree que sólo gastamos en comida y servicios complementarios”


Decidí aquella tarde que pasara lo que pasara ya no le contaría nada más a nadie. Eso sí, controlaría más la bebida y las anfetas. Y de hecho, acababa de pasar algo nuevo que ya no me atreví a comentarle a mi hermano. A la vuelta del médico, subiendo la calle Capitán Arenas, durante unos instantes me había dado la sensación de que mi sombra se me alejaba unos palmos de distancia.


El fenómeno iba a más. Pero si me había acostumbrado a tener sombras de colores por qué no me iba a acostumbrar a que mi sombra se me alejase de vez en cuando… Ya no quería que nadie me volviese a contar el rollo de la intoxicación. Sería mi secreto. Y de hecho, aceptar la situación ayudó a calmarme. Mis sueños se hacían más benéficos y simplemente cada noche soñaba que me adentraba en un mundo bidimensional donde sombras juveniles jugaban a botar sobre mi cabeza tridimensional. Al cabo de unos meses ya no me molestaba ni me extrañaba. Siempre sucedía de la misma forma, cuando empezaba a dormirme me parecía escuchar voces distorsionadas, como provenientes de un mundo que debía correr en paralelo. Me resultaban ininteligibles pero no me inquietaban. Y a continuación las voces se iban asociando a esas sombras adolescentes que no dejaban de perseguir mi cabeza jugando a pisarla. A veces, muchas, conseguían aplastármela certeramente; y otras era la sombra que me dirigía la que conseguía planchar  las otras proyecciones tridimensionales.


Poco a poco dejé de salir a la calle cuando lucía el sol, pues mi sombra andaba cada vez más libre y yo no quería que la gente se asustara. Dios sabe si acabarían exponiéndome en algún centro científico con visitas interpretadas. Pero me di cuenta que además de salir por las noches podía hacer algo más si deseaba volver a pasear a la luz del día. Sencillamente no guiar yo… y dejar que guiase mi sombra. Aceptar su mando. Entonces comencé a variar mis hábitos y rutinas y poquito a poco conseguí corretear las calles persiguiéndola sin que nadie se extrañase demasiado.
Y así, hasta hoy. Por suerte la sombra juvenil ya se ha hecho mayor y de tanto en tanto  tengo la suerte de pegarme un par de revolcones carnales con otras sombras tridimensionales. Nos reímos mucho juntas cuando las cosas no nos salen bien; ya sea hacer el amor o patinar por la calle. Siempre culpamos a nuestra mala sombra.


Ya sólo me inquieta una cosa, la sombra que vi en el barco era mi sombra adulta ¿Qué debía de estar haciendo allí en aquel tiempo? Me gustaría preguntarle algún día, pero no encuentro el momento. Además es que me preocupa mucho que se asuste de que su tridimensional le hable…

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