Aristeguy, Norma. "Una de ellas..."

15.10.2010 19:42

                                     

 

  UNA DE ELLAS...

 

El día recién comienza y estalla en ocres y tierras como una metáfora de otoño. Papeles, hojas y vidas intervienen en la danza que ejecuta un viento fresco de abril. El sol no participa, duerme detrás de grandes nubes que entorpecen la mañana de ciudad.

El carruaje se detiene. El lugar, algo apartado, parece no darse cuenta de su presencia. El cochero se arrincona en su abrigo, se enreda en un bostezo, baja el sombrero hasta la nariz y se acomoda para hacerse un sueño. El caballo se sacude inquieto y hace movimientos orgullosos con sus crines. Adentro, en la  privacidad del coche, una pareja se abraza.

La mujer mira al hombre, internándose en los pensamientos masculinos. Le acaricia la cabeza, le observa las manos que pesan sobre ella, le sonríe confiada y se apoya en su pecho casi feliz.

En medio de un silencio de colores suaves él se inclina, la besa.

 La besa tan apasionadamente que hasta  el ruido de la sangre de los dos, puede oírse como un rumor lejano de la costa, o los gritos secretos de los pensamientos ocultos. Ambos se entregan mutuamente, casi con violencia, como si ésa fuera la última vez. Sólo hay gestos demorados en el espacio, quizá para retenerlos en la memoria. No hay palabras. No las conocen. Huelen como una sola piel y encajan uno en el otro como dos continentes reencontrados, después de haber sido separados por milenios.

Hay un resplandor en el pequeño ambiente, algo vuelve a las cosas muy brillantes, la larga falda de ella suena a música y la capa de él, ríe siniestramente sobre el asiento.

Todo tiene otra dimensión. Los pensamientos, las intenciones cobran vida. El tiempo es un dios muerto, no importa, sin pasado ni futuro, y el presente... no es, no existe.

Afuera se insinúa la tormenta. Los amarillos corretean en medio de los grises y el paisaje se convierte en bruma, también las emociones.

Ella ha bajado del coche y éste parte al trote hasta perderse en una llovizna indiferente que no lo moja.

Cuando el vehículo ya es parte desaparecida en el horizonte, la mujer, que se había quedado observando se echa el mantón sobre los hombros y se dispone a regresar.

Dará un rodeo para poder pensar. Ella no tiene derecho a pedir más. Él aparece y desaparece. Está lleno de vida. Es tierno. Pero no sabe quién es, ni cuántos hay dentro, y cuál puede dañarla. Siente un escalofrío. El temor tiene un gusto agridulce y un halo de aspereza la rodea.

Se detiene. Se ha desplazado sin rumbo y sin tiempo. Tiene frío. Se acomoda el mantón sobre los hombros y el sombrero. La falda está húmeda, salpicada de barro.

Sigue caminando, no reconoce el lugar. El calzado se le pega a la calle, lo hace entonces, muy lentamente, pesadamente. Nadie hay en los alrededores, está desorientada, perdida.

Llama en una casa. La atiende una mujer como si la conociera de siempre. Amablemente la hace pasar y le muestra su jardín. Curiosamente no hay flores, hay lanas multicolores por todos lados. Ya en el interior, ve prendas tejidas sobre la mesa, sobre las camas, prendas con diseños hasta entonces desconocidos, con colores muy brillantes. La dueña de casa toma una manta bordada y gentilmente se la ofrece.

Otra vez en la calle. Tiene la sensación de vacío, de no ser. Por delante un camino sinuoso, casi irreal. Mira la manta que lleva doblada en su brazo y recuerda las palabras de la tejedora: “Está hecha con amor, todo se hace con amor”.

Está cansada. Tampoco puede pensar. Lo peor es no saber dónde volver ni cómo.

Hay gente trabajando en las puertas de un local. Un fuerte olor a pintura impregna el lugar. Un hombre se le acerca, ella le dice que está desorientada, que no sabe cómo volver a lo suyo, que está sola y que necesita ayuda para regresar.

Él la escucha, luego la toma decididamente de un brazo y la lleva hacia una ventana, corre la cortina que cubre los vidrios y le dice: “Mire, mire dónde está!”. “Pero, ¿sabe a lo que se expone, mujer, lo sabe?”. Ella ve aterrada cómo el oleaje golpea la ventana, furiosamente, un tempestuoso mar se confunde con la pertinaz llovizna que logra una atmósfera amenazante. El lugar se tambalea, ella también. El hombre agrega: “Tendrá que tomar un bote, si quiere llegar”.

“Escúcheme señor, yo he venido hasta aquí caminando, ¿cómo voy a tomar un bote?”. Su voz se percibe más que angustiada, con rabia.

 

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Mira a su alrededor, la cena está servida. El mantel cubre generosamente la mesa. Un aroma especial  cae vertiginoso y vagabundea por el ambiente. El ruido de la lluvia golpea la ventana y la luz se estira y se bambolea de pared a pared.

La figura de ella está sentada en un sillón, la cabeza reclinada sobre el respaldo, los ojos muy abiertos, la mirada triste y un gesto en la boca que pinta una amargura hacia abajo, como si las comisuras de los labios fueran a caérsele.

Las persianas se golpean, se ha levantado viento y la noche recién llegada se acuesta sobre la casa.

Hace tan poco tiempo de lo ocurrido. Aún cuesta hacerse a la idea de su pérdida. Él no está. Se ha ido. Todavía le duele el beso de despedida. Siente el escozor de su inquietud de entonces, inquietud de mujer enamorada.

Se levanta del sillón como un autómata. Se interna en el edificio, va hacia el taller. Telas y colores por todos lados. Paisajes, temas de enamorados, de época. Toca casi con  fervor las pinturas, las acaricia. Una de ellas la conmueve hasta las lágrimas: un coche a caballo que se aleja y una mujer que se queda mirándolo en actitud de congoja, de soledad.

Sin duda, él ha sido un gran artista, todas sus obras mantienen una atmósfera especial, casi misteriosa.

Voces extrañas se descascaran en su presente, la agobian: “Fue un accidente, la lluvia no le permitió ver el otro auto”.

Ése era el sitio dónde él pasaba tanto tiempo, horas y horas. Hay rojos y azules increíbles por todos lados, sus tormentas marinas se encuentran en las paredes, en el piso, es como encontrar su olor incrustado entre las luces y las sombras de cada trabajo.

Vuelve a la cocina. Está sola y acongojada. Esa casa tan querida para ella ahora le resulta extraña, desconocida.

La tristeza y la melancolía la hacen temblar, se le ha soltado la sangre y no sabe cómo contenerla, se ha vuelto un ser indefenso en medio de una marejada.

Tiene una sensación de vacío, de un alma hueca y endeble, como si le hubiesen arrancado su esencia y gritaran desde su vientre hijos por nacer. Como si en alguna parte se quemaran libros por leer y se anudaran en un pentagrama gigantesco melodías por compartir.

“Qué solos se quedan los muertos”, y qué tristes los vivos... Se inclina,  se duerme sobre la mesa.

La mujer despierta luego de un sueño reparador. No sabe qué día es ni qué hora, ni dónde está, sólo mira la ventana empecinadamente. Se pregunta qué habrá detrás de la cortina, se encamina hacia ella con desafío pero una voz la detiene; -“Mamá”. La pequeña entra trayendo algo en su mano. Se acerca. –“Mamá, qué hermosa manta, qué colores tan bonitos, ¿de dónde la has traído?”.

 

 

 

                                                                               NORMA ARISTEGUY

 

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